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Temas de Planificación nº122
Autor: Dr. Leonardo J. Glikin
Dr. Leonardo J. Glikin Abogado, consultor en Planificación Patrimonial y Sucesoria, presidente de CAPS Asociación Civil, autor de "Pensar la Herencia"; "Matrimonio y Patrimonio"; "Exiting, el arte de dejar la empresa sin dejar la vida" y "Los hermanos en la empresa de familia". Director del newsletter "Temas de Planificación”. Director de CAPS Consultores. www.leonardoglikin.com.ar
Cuándo hacer un Testamento
Nadie tiene la vida comprada, lo que significa que la muerte no es una contingencia, algo que puede ocurrir o no. La muerte es una certeza, respecto de la cual, lo que no sabemos es cuándo va a ocurrir.

¿Y si ocurre? ¿Cuáles son las consecuencias que ello puede acarrear respecto de nuestros afectos, de nuestras empresas, de nuestro patrimonio?
A veces, pensar en ese futuro incierto resulta preocupante, o doloroso. Por eso muchas personas eligen no pensar, y “dejarse llevar” por los acontecimientos. Sin embargo, cuántos conflictos podrían evitarse, cuánta protección se podría brindar, si cada uno pensara en las consecuencias del silencio, y en las alternativas para suplirlo por medidas eficientes.

CÓMO PENSAR EN UN FUTURO DE FECHA INCIERTA
Lo primero que debemos aceptar, es que pensar en nuestra condición de mortales no nos hace ninguna gracia. Por lo tanto, que cuanto antes nos saquemos el tema de encima, tanto mejor. Como cuando vamos a sacarnos sangre: hemos madrugado, tenemos ganas de desayunar, no nos gusta que nos pinchen... pero sabemos que es algo necesario y conveniente.

El segundo punto, es que tanto las relaciones personales como el patrimonio son dinámicos: que si exigimos que lo que decidamos hoy nos resulte adecuado dentro de 20 años, quizás nos quedemos paralizados, y terminemos sin hacer nada. Por lo tanto, debemos montar un escenario próximo: es decir, qué pasaría con nuestro patrimonio, y con nuestros afectos, si el fin de nuestra vida estuviera próximo, si fuera inminente. Y aquí nos encontramos con otro foco de resistencia: tenemos demasiadas cosas para hacer, y para disfrutar, como para pensar en eso. Pero es un ratito, nada más, hasta que se ordenen las ideas.

El tercero punto: cómo serían las cosas, si no interviniéramos de ninguna manera?
La ley prevé que, en caso de fallecimiento de una persona, los bienes adquiridos después de haberse casado se dividen, en un 50% para el cónyuge, y el 50% restante para los hijos. En caso de que no hubiera hijos, heredan el cónyuge y los padres (si viven) por igual.
En cuanto a los bienes propios (o sea, los adquiridos antes del matrimonio o, ya casado, por herencia, por legado o por donación) se reparten entre el cónyuge y los hijos en proporciones iguales (tres hijos y un cónyuge, el patrimonio se divide entre cuatro).

Cuando decimos cónyuges, nos referimos a aquellas personas que pasaron por el Registro Civil, y dieron el “sí” frente al Oficial Público: vivir “como si fuéramos marido y mujer” no da derechos hereditarios de ninguna manera. El conviviente, o concubino, puede tener derecho a una pensión, pero no a los bienes de su compañero o compañera, pero, por aplicación automática de la ley de sucesiones, no tiene derecho a una parte del patrimonio de la persona fallecida.

Quien no tiene hijos ni está casado, pero tiene a sus padres vivos, va a dejarle, automáticamente, la totalidad de sus bienes, en tanto que quien tampoco tiene a sus padres vivos va a favorecer a hermanos y sobrinos (en caso de que algún hermano hubiera fallecido, dejando descendencia).

Hasta aquí, someramente, un resumen de la ley que se aplica a las sucesiones “ab intestato”.
Sin embargo, todos tenemos derecho a hacer un testamento, y alterar, en alguna medida, lo que la ley tiene previsto.

EL DERECHO A HACER UN TESTAMENTO
Una de las cuestiones legales que muchas personas tienen más confundidas está relacionada con los testamentos: mucha gente cree que los testamentos son instrumentos propios de las películas norteamericanas, o de las novelas de Agatha Christie, pero que no tienen valor en la República Argentina y demás países latinos.
No es así: el testamento es plenamente válido. La única (y gran) diferencia, es que en los países anglosajones existe una gran libertad testamentaria (es decir, que los hijos no gozan de un derecho asegurado a una parte importante del patrimonio) en tanto que, en los países latinos, la figura de la “legítima hereditaria” tiene mucha importancia.
La “legítima hereditaria” es la porción del patrimonio de una persona que obligatoriamente debe pasar a los herederos “forzosos”, es decir, aquellos que, forzosamente, deben recibir una parte del patrimonio.

En la Argentina, los hijos, el cónyuge, los padres y la nuera viuda sin hijos son herederos forzosos, en distintas proporciones. La más importante es la de los hijos, y es la que, probablemente, haya llevado a ese error popular de creer que no se puede realizar un testamento.
Ocurre que los hijos tienen derecho a recibir el 80% (o sea, cuatro quintos) del total del patrimonio.
Muchos dirán que, si es tan importante la parte que corresponde a los hijos, no hay incentivos para hacer un testamento.
Creo que esa opinión explica la razón por la cual mucha gente no sabe que el testamento es un instrumento del que puede valerse; y mucha gente, frente a la poca libertad testamentaria, no se ocupa de redactar uno.

Sin embargo, un 20% del patrimonio puede ser la clave para proteger a un hijo con discapacidad, o para premiar su presencia permanente junto a sus padres mayores, o para darle mayoría en las decisiones dentro de una sociedad.

ENTONCES, ¿CUÁNDO?
Por enunciar una ley para nuestra conducta, podríamos afirmar que hay que hacer un testamento cuando advertimos que el escenario que se plantearía al ocurrir nuestro fallecimiento, en cuanto a nuestros bienes y a nuestros afectos, no coincide con nuestros intereses, nuestros deseos, las necesidades de nuestro entorno afectivo, o nuestro criterio de lo que sería justo y equitativo.

Por lo tanto, el primer paso es describir nuestro patrimonio, y ver qué resultaría de aplicar la ley, sin ninguna intervención de nuestra parte.
Si ese resultado nos resulta adecuado, no tenemos más que hacer, salvo cuidarnos para vivir el máximo posible, y de la mejor manera.

En cambio, si el resultado de imaginar nuestro patrimonio, y su relación con nuestros afectos, no nos resulta adecuado, el testamento constituye la herramienta más inmediata para empezar a solucionar la situación, en cuanto la ley permite.

EL TESTAMENTO EN EL MARCO DE LA PLANIFICACIÓN SUCESORIA
El testamento se puede redactar, fechar y firmar, a mano y en un papel sin ninguna formalidad. En tanto llegue a destino (o sea, a las personas que deben presentarlo ante la Justicia) va a tener plena validez.
También se puede dictar un testamento al capitán del barco en el que viajamos, o al superior jerárquico en la milicia, en plena batalla. Como se ve, el testamento está previsto como un instrumento de utilización, incluso, en momentos de emergencia.
Por supuesto, la alternativa más fiable suele ser realizarlo ante Escribano Público, dado que el instrumento queda registrado y protegido frente a cualquier eventualidad.

Pensemos el testamento como el “kit de urgencia”, en el marco de nuestra Planificación Sucesoria: el primer paso que nos conviene dar, en muchos casos, para evitar situaciones de inequidad, desprotección, o conflicto entre nuestros seres queridos.

En algunos casos, quizás sea necesario complementarlo con otros instrumentos: fideicomisos, sociedades, seguros, donaciones, rentas vitalicias, etc.
Pero, en materia de Planificación Sucesoria, es conveniente utilizar la misma estrategia que para recorrer la Muralla China: empezar por el primer paso.
En muchos casos, el primer paso de una Planificación Sucesoria consiste en proponerse redactar un testamento.

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