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Temas de Planificación nº 74
Autor: Jorge Fiszer, Coordinador en Vistage Argentina y Director de Mental Gym.
Inteligencia emocional en el trabajo
Las emociones son fuerzas muy poderosas. Poseen una gran energía y son el motor más importante de la conducta del ser humano. La mayor parte de las veces, lo que hacemos está determinado más por nuestros sentimientos que por la razón.
Cada uno de nosotros influye en el estado de ánimo de los demás. Es perfectamente natural influir en el estado emocional de otra persona, para bien o para mal; lo hacemos constantemente, “contagiándonos” las emociones como si fueran el más poderoso virus social.

En cierto sentido, tenemos dos cerebros, dos mentes y dos clases diferentes de inteligencia: la racional y la emocional. Nuestro desempeño en la vida está determinado por ambas; el intelecto no puede operar de manera óptima sin la Inteligencia Emocional. La verdadera inteligencia vincula y ensambla, en original reunión, esas dos enormes parcelas de la vida psíquica: razones y sentimientos; argumentos y emociones.

Se paga un alto precio cuando en nuestras vidas personales o en nuestras organizaciones separamos nuestras emociones de nuestro intelecto, cuando en verdad precisamos que ambos operen en conjunto.

El término Inteligencia Emocional es la capacidad humana de sentir, entender, controlar y modificar estados emocionales en uno mismo y en los demás. Inteligencia Emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y equilibrarlas. Conviene señalar el curioso hecho de que nadie nace con habilidades naturales para la relación humana y, sin embargo, todos creemos que sabemos hacerlo de forma correcta.

ORIGEN E HISTORIA
Un ilustre antecedente de la Inteligencia Emocional lo constituye la teoría de “las Inteligencias Múltiples” de Howard Gardner. Esas inteligencias incluyen la intrapersonal y la interpersonal. La inteligencia interpersonal se divide en cuatro habilidades distintas: el liderazgo, la capacidad de cultivar las relaciones y mantener las amistades, la capacidad de resolver conflictos y la destreza en el análisis social.

En 1990 los psicólogos norteamericanos Peter Salovey y John Mayer acuñaron el término y propusieron una teoría amplia sobre Inteligencia Emocional. En los años 80, un modelo precursor fue el propuesto por el israelí Reuven Bar-On. Y en años recientes, otros teóricos han propuesto variaciones de la misma teoría, por ejemplo, el Dr. Hendrie Weisinger, con su interesante obra “La Inteligencia Emocional en el Trabajo”. Pero fue el psicólogo y periodista norteamericano Daniel Goleman quien llevó el tema al centro de la atención en muchos países, a través de sus obras “La Inteligencia Emocional” (1995) y “La Inteligencia Emocional en la Empresa” (1999).

APRENDER SOBRE LAS EMOCIONES
Podemos aprender mucho y ejercer influencia sobre nuestras emociones, así como aprendemos matemáticas, marketing o informática. Entrenarse en el desarrollo de las aptitudes emocionales permite desarrollar la capacidad de escoger las emociones idóneas para cada acción, manteniendo el equilibrio emocional; transmitir estados de ánimo para generar actitudes y respuestas positivas; aprender a evaluar el “costo emocional” de situaciones y acciones; desarrollar destrezas sociales, forjando y manejando relaciones con clientes, proveedores, colegas, etc.; realizar un plan de aplicación en el terreno de nuestra esfera de influencia empresarial y laboral, extendiéndolo a la vida familiar y social.

IMPORTANCIA DEL TEMA
La inteligencia es algo más de lo que intuíamos. Es un arma de dos filos y eso es algo que nadie nos explicó nunca en la escuela. Desde que Daniel Goleman hizo público y notorio el descubrimiento en Inteligencia Emocional, asistimos a una callada revolución que acabará por afectar a los aspectos más insospechados de nuestra vida: cómo trabajamos, nuestra relación de pareja, la educación de los niños y la redefinición de paternidad.

Goleman dice que casi todos los problemas que afectan a las sociedades modernas tienen una causa más o menos común: nuestras gravísimas carencias emocionales. Ahí está la raíz de la violencia, los suicidios, las depresiones, los fracasos matrimoniales.

INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA EMPRESA
No basta con un alto coeficiente intelectual para triunfar profesionalmente, competir o desarrollar una empresa; se requiere un control emocional adecuado, que nos permita tener una interacción armónica en nuestro ambiente laboral: socios, colegas, empleados, proveedores, clientes, etc.

Las tensiones de la vida moderna, la hipercompetencia en el terreno individual y empresario, la presión del reloj, la exigencia de un constante perfeccionamiento profesional, etc., son situaciones que tienden a alterar el estado emocional de la mayoría de las personas consideradas normales, llevándolas al borde de sus propios límites físicos y psíquicos. El resultado, a menudo, es el desequilibrio emocional.

Como todos sabemos, las emociones descontroladas pueden llegar al extremo de convertir en torpe al más inteligente. Por eso se verifica hoy una tendencia mundial en la demanda de recursos humanos que valora la capacidad de interrelación tanto como la capacitación técnica

UN APRENDIZAJE DIFERENTE
Nuestro sistema educativo está basado en las habilidades cognitivas, pero cuando se trata de adquirir aptitudes emocionales, es muy deficiente. En el caso de las habilidades intelectuales, el aula es un ambiente adecuado; a veces, para dominar un concepto basta con leerlo o escucharlo una vez.

De este modo, se pueden enseñar efectivamente el pensamiento estratégico de marketing o programación de computadoras, sin contacto con los problemas de la vida laboral. Pero en el caso de la Inteligencia Emocional no hay posibilidades de entrenarse en un reaprendizaje en soledad, o simplemente adquiriendo conocimientos sobre el tema. Es imprescindible trabajar grupalmente.

LAS EMOCIONES EN EL TRABAJO
Las emociones desempeñan un papel importante en el ámbito laboral. De la ira al entusiasmo, de la frustración a la satisfacción, cada día nos enfrentamos a emociones propias y ajenas. La clave está en utilizarlas de forma inteligente, para que trabajen en beneficio propio, de modo que nos ayuden a controlar nuestra conducta y nuestros pensamientos en pos de mejores resultados.

Por otro lado, tanto el trabajo como el aprendizaje son sociales. Las organizaciones son “redes de participación”. Para lograr un desempeño efectivo en los trabajadores del conocimiento (de cualquier trabajador, en realidad) la clave está en inyectar entusiasmo y compromiso, dos cualidades que las organizaciones pueden crear, pero no imponer.

En ese sentido, las facultades de la Inteligencia Emocional son sinérgicas con las cognitivas; los trabajadores excelentes poseen las dos. Cuanto más complejo es el trabajo, más importante es la Inteligencia Emocional, aunque sólo sea porque la deficiencia en estas facultades puede dificultar la aplicación de la pericia técnica y el intelecto que se tenga.

Sin duda alguna, la Inteligencia Emocional no es una varita mágica; no garantiza una mayor participación en el mercado ni un rendimiento más saludable. La vida de toda corporación es extraordinariamente compleja y fluida. Ninguna intervención, ningún cambio, por sí solo, puede arreglar todos los problemas. Pero si se ignora el ingrediente humano, nada de lo demás funcionará tan bien como debería.

La Inteligencia Emocional es útil en tiempos de bonanza; imprescindible en épocas de crisis.

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